miércoles, 6 de julio de 2016

Liberalismo (o porqué no volveré a votar a Podemos)

El liberalismo ha extendido sus redes de una forma tan sutil como alarmante.Y sabe que no precisa de esas guerras que antaño, acababan aglutinando a los movimientos humanistas antisistema, como el pacifismo. Los que mandan han aprendido la lección.
Ya no son necesarias batallas sangrientas, golpes de estado u holocaustos. Ahora las batallas son más sutiles y se libran a través de gobiernos y organizaciones plurinacionales controladas por los mercados,a través de la deuda y el déficit, de la corrupción o de la manipulación mediática. ¿Quien necesita muertos y sangre teniendo precariedad y recortes?. Kapucisnki lo explicaba perfectamente al ser preguntado sobre el tatcherismo: "la clave de su victoria residía en haber logrado imponer a los movimientos antisistema la idea de que una vida miserable de protestas siempre sería mejor que una muerte en lucha".


El liberalismo, además, ha conseguido que la educación esté únicamente enfocada la producción ("¿para qué necesita un esclavo el conocimiento?"), que los ciudadanos más pobres no sólo acepten los recortes que precisamente más les afectan a ellos sino que apoyen a los que los ejecutan, que los partidos de izquierda se conviertan en partidos de centro (o de nada), organizaciones que han pasado de nutrirse ideológicamente de sus bases a decir a sus militantes qué deben pesar y cómo deben actuar, invirtiendo el proceso natural de la democracia.

Pero sobre todo, lo que ha conseguido el liberalismo es la desideologización masiva, que el ciudadano perciba la ideología como algo peligroso. Fue Mujica el que dijo que "ahora tener ideología es como ser comunista en la América de McCarthy". La única ideología posible es el consumismo, el único valor, el dinero. Incluso el consumismo ha logrado absorber la inmensa mayor parte de movimientos de izquierdas y convertirlos en un negocio rentable que además, crea una falsa cultura de "estar a la contra" y que forma parte también de los engranajes de la supervivencia del propio capitalismo (véase La Sexta).
Frente a esta aberración, se da la paradoja de que la mayoría de personas no sólo no saben qué hacer con su tiempo libre, sino que necesitan que se les diga qué hacer con él. Sólo sienten que su vida tiene un objetivo cuando trabajan y por eso sólo buscan la satisfacción a través del trabajo. El mantra: "el trabajo dignifica" ha sustituído por completo la búsqueda de la felicidad. La libertad, el no tener un sueldo, una hipoteca o un futuro "seguro" provocan un vértigo atroz y suponen la única forma posible de vivir realmente a la contra.
Además el neoliberalismo ha logrado hacer creer a la sociedad que sus problemas, que tienen un origen cultural, educativo y moral, sólo tienen solución política. Y a esa tesis parecen querer seguir sumándose incluso los nuevos partidos de izquierdas. En España, por ejemplo, la mayor parte de ciudadanos no quieren un cambio de sistema, quieren volver al año 96. La máquina del liberalismo ha funcionado a la perfección aquí, como lo está haciendo en cualquier país del mundo, sea bolivariano, sea socialdemócrata o viva bajo el dominio de una dictadura.
Cuando le preguntaron a Sampedro cual era la esencia del liberalismo dijo algo que en ese momento me sonó a consigna quinecemayista, pero que ahora percibo como algo dramático: "Es ese proceso por el cual hemos sustituido en todos nuestros dilemas vitales la palabra felicidad por la palabra dinero y que nos ha llevado a querer el tiempo para utilizarlo, no para estar en él".

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